Mayans Hermida: Fanny Del Río, Las filósofas tienen la palabra


Las filósofas tienen la palabra es un libro cuya lectura resulta muy gozosa, sobre todo si una es mujer y académica. En él, diez mujeres que han entregado su vida a la filosofía y que están en la cumbre de su carrera académica, fueron entrevistadas por Fanny Del Río . En sus páginas nos comparten sus experiencias de vida, las muy destacadas contribuciones que cada una ha hecho al quehacer filosófico mexicano y las reflexiones sobre cómo el hecho de ser mujer ha contribuido, en mayor o menor medida, a enfrentar obstáculos variados al abrirse camino en una disciplina que, como sabemos, ha estado dominada por hombres.

Además de la riqueza y profundidad que se encuentra en cada uno de los testimonios, la lectura completa de la obra pone a dialogar a las filósofas y manifiesta los contrastes de opinión, las diferentes elecciones temáticas por las que optaron a lo largo de su carrera profesional y, por supuesto, las decisiones más importantes que tomaron en cada momento de su vida y que forjaron su camino, tanto en su vida personal como a lo largo de su trayectoria académica.

Desde mi punto de vista, uno de los aspectos más destacables de esta lectura global de la obra es que se llega a la conclusión de que no hay una receta de cocina o plan de vida ideal que nos lleve a lidiar exitosamente con la espina que, como Paulina Rivero señala, tenemos clavada todas las personas que estudiamos filosofía y que no nos deja dormir por las noches. De alguna manera, una está sola con esa espina y tiene que tomar decisiones sobre cómo ocuparse de los temas que, a la vez, nos agobian y apasionan y exigen una atención existencial.

A pesar de los contrastes, un primer común denominador en la trayectoria de estas filósofas es que todas son mujeres exitosas por derecho propio, que han trascendido en el medio debido, en primer lugar, a su pasión por el estudio de la filosofía, y luego por la calidad de su investigación, por haber formado a varias generaciones de estudiantes, ocupado cargos de dirección importantes, como el de directoras del Instituto de Investigaciones Filosóficas o de la Facultad de Filosofía y Letras, integrantes de la junta de gobierno de la UNAM, así como por ser editoras de revistas tan destacadas como Crítica y Diánoia. Pero, sobre todo, estas mujeres filósofas han destacado por la influencia que han tenido al ofrecer herramientas y aparatos críticos para reflexionar sobre temas de la cotidianidad mexicana tan importantes como los de la pobreza, en el caso de Paulette Dieterlen; la justicia social, el feminismo y el derecho de las minorías étnicas, en el caso de María Pía Lara, Fernanda Navarro y Kim Diaz; la filosofía en México y la concepción de la libertad en el mundo novohispano, en el caso de Carmen Rovira y Virginia Aspe; la bioética en los trabajos de Paulina Rivero y Juliana González y, aunque no son problemas de la cotidianidad mexicana, los temas de la filosofía de la mente y del lenguaje, en el caso de Maite Ezcurdia y Olbeth Hansberg. En esta medida, el hecho de contribuir a pensar de forma seria y rigurosa sobre estos problemas constituye, sin duda, el legado de todas ellas, lo cual nos recuerda que el papel de la filósofa y del filósofo está, en muchos casos, en el espíritu socrático que continuamente se pregunta qué sabemos realmente acerca del mundo circundante y cómo perfeccionar dicho saber que nos lleve a modificar nuestra realidad, siempre perfectible, especialmente en países como México en el que se padecen tantos problemas de pobreza, desigualdad y vulneración de derechos.

Además de lo anterior, sus testimonios nos recuerdan, como varias de ellas señalan con acierto, que la filósofa es quien siempre está incómoda con el statu quo o con la forma en la que se han enfrentado los problemas anteriormente. En este contexto, Carmen Rovira considera que quien hace filosofía debe asumirse como “el contrapoder”, estar dispuesta a cuestionar las decisiones de los poderosos y, a este respecto, Paulina Rivero nos recuerda la enorme responsabilidad que tenemos quienes gozamos de los medios para acceder al conocimiento y percibir los problemas como son. Por ello, la mayoría de ellas piensa que la filosofía debe salir a las calles y voltear a ver qué problemas puede contribuir a resolver. En este sentido, es natural que algunas de las entrevistadas -Paulette Dieterlen, Fernanda Navarro y Kim Diaz- hayan combinado su labor como profesoras e investigadoras con salir a enfrentar los hechos y presenciar, de primera mano, los problemas e injusticias sobre los que la filosofía reflexiona. Fernanda Navarro, por ejemplo, estuvo en el Chile del golpe de Estado de 1973 y nos narra los horrores que presenció. Por su lado, Kim Diaz nos comparte su experiencia terapéutica con la población carcelaria y con su compromiso de que la filosofía nos ayude a reconciliarnos con nuestro entorno y a encontrar paz. Paulette Dieterlen también nos comparte cómo dedicarse a los temas de la pobreza y de la salud la llevó a estudiar los programas de asistencia públicos que aplicaron los gobiernos en turno, como el Progresa y el Oportunidades, y a hacer diagnósticos finos sobre en qué estaban fallando o qué debía modificarse en el tratamiento de estos problemas estructurales.

Otro de los temas que vale la pena destacar como un aspecto relevante en las entrevistas es la percepción de la ausencia de una comunidad unida en el interior del mundo filosófico. Juliana González menciona que la profunda escisión entre la filosofía analítica y la continental (o marxista, en sus palabras) ha evitado que exista un verdadero diálogo entre filósofas y filósofos, y que la ansiedad permanente por escribir papers o libros en la que nos enfrascó el Sistema Nacional de Investigadores, lejos de permitir una mejor comunicación, ha hecho que nos volquemos en nuestros proyectos individuales. Generar seminarios en los que se discuta la amplia variedad de temas y tradiciones filosóficas, de forma desinteresada y sin prejuicios, ha sido una meta que ella señala que no se ha logrado cumplir. Será entonces un trabajo ineludible de las generaciones jóvenes tratar de cristalizar el sueño de tener una mejor comunidad académica en donde se promueva un verdadero diálogo sobre los problemas filosóficos independientemente de las tradiciones desde las que se hagan las aportaciones.

A pesar de que comparten la condición de ser mujeres intelectuales, las entrevistadas están en desacuerdo sobre los grandes temas de los que se ocupa el feminismo y sobre la cuestión de si hay o no una forma “femenina” de hacer filosofía. Varias de ellas opinan que las mujeres somos más proclives a dedicarnos a reflexionar sobre problemas sociales, a diferencia de los hombres, quienes se abocan más a los problemas “de oficio” o “técnicos”, como señala Virginia Aspe. Sin embargo, reconocen, como Paulina Rivero, que es peligroso caer en posiciones esencialistas sobre la existencia de “un enfoque femenino” de hacer filosofía. Olbeth Hansberg señala que ella creía que tanto hombres como mujeres podíamos ocuparnos de los mismos problemas filosóficos, aunque, con el tiempo, moderó su punto de vista sobre las limitantes y obstáculos que enfrentamos las mujeres en la academia. Kim Diaz y Maite Ezcurdia señalan abiertamente que no se consideran feministas. Kim Diaz menciona que no le gusta la corriente del feminismo que adopta las mismas posiciones intransigentes que han criticado y Maite Ezcurdia señala que, aunque es innegable la existencia de sesgos de género en el mundo filosófico, las mujeres no debemos entrar a la academia por cuota, porque ello “nos resta legitimidad”. En contraste, Paulina Rivero, María Pía Lara y Fernanda Navarro se asumen como feministas y han escrito libros académicos sobre la injusticia de género que enfrentan nuestras sociedades contemporáneas y, en particular, a María Pía Lara le ha interesado “ver cómo una mujer podía resistirse a cumplir con los papeles que las sociedades tradicionales nos imponían”. Por su lado, Fernanda Navarro fundó el colectivo feminista VenSeremos, así como el periódico Marginalia, en clara alusión a la posición de marginación que históricamente hemos ocupado las mujeres. Paulina Rivero escribió el libro Se busca heroína, en el que busca contrarrestar la imagen de pasividad con la que se nos retrata en tantos contextos. Por último, Paulette Dieterlen señala que mientras que cierto sector femenino tiene sus derechos garantizados por nuestra posición social, económica y educativa, otras muchas mujeres se encuentran sin poder gozarlos. Son estos contrastes tan profundos en el goce y disfrute de derechos lo que hace tan dramática la situación de injusticia que padecen muchos sectores sociales femeninos, a pesar de los claros progresos -y este libro es muestra de ello- que cierto grupo de mujeres, como es el caso de algunos círculos de mujeres académicas, hemos alcanzado.

En este sentido, es de notar que, a pesar de que todas reconocen la existencia de sesgos y dicen haber padecido obstáculos en sus propias trayectorias, adoptan concepciones diferentes acerca de cómo enfrentar -y resolver- la innegable inequidad que prevalece respecto a las mujeres. Para algunas, corregir esta situación exige la existencia de cuotas, algo muy de la mano de la lógica de la acción afirmativa, mientras que, para otras, los sesgos se combaten demostrando que son prejuicios y en la medida en que más mujeres talentosas se sumen al quehacer filosófico y se beneficien del lento cambio cultural en el que muchas han podido defender su proyecto de vida al margen de las expectativas sociales y de los proyectos de sus parejas. Éste es un tema que, sin lugar a dudas, nos continuará ocupando en los años por venir, ya que el problema de la inequidad de género continúa vigente y su visibilidad se la debemos a la relevancia que el feminismo ha adquirido -tanto en la reflexión teórica como en los movimientos sociales- en los años recientes.

Sin embargo, entre quienes tuvieron hijas e hijos, existe un acuerdo sobre qué representó el tema de los cuidados, tan asociado -y más en esa época- a los roles de género. Todavía es una realidad que muchas mujeres que estudian filosofía deben alejarse, cuando tienen hijos, de la reflexión académica. Paulette Dieterlen, Carmen Rovira, Paulina Rivero y Olbeth Hansberg coinciden en que no podían lidiar con todo y que, por ello, se alejaron un tiempo del mundo filosófico para regresar después, porque a todas ellas les apasionaban los temas de los que se ocupaban en la época en que tuvieron familia: el marxismo analítico, la filosofía en México, el pensamiento de Friedrich Nietzsche y la reflexión filosófica sobre las emociones humanas. Curiosamente, todas coinciden también en la felicidad que les representó el tiempo que pudieron dedicar en casa al cuidado de sus hijos, lo cual está muy acorde a lo que a las madres se les exigía -y se nos sigue exigiendo-, que es manifestar siempre alegría en nuestra tarea de crianza, aunque en ocasiones tengamos que reprimir nuestras ganas de tener espacios de soledad y tranquilidad para trabajar y no mostrar añoranza por los días en que teníamos más libertad para dedicarnos por entero a nuestras labores profesionales. Después de leer estos testimonios, me quedo pensando en que sería interesante saber con certeza si hubo colegas hombres, contemporáneos suyos, que se hayan visto en la necesidad, o con el deseo, de alejarse un tiempo del mundo de la filosofía para cuidar de sus hijos. De la respuesta negativa que se puede anticipar, el libro también da pie a reflexionar sobre los estereotipos de género que pesaron sobre ellas y que, aunque ninguna señala haberse sentido discriminada o tratada de manera inequitativa en la academia, es innegable que el país y el medio en el que forjaron sus trayectorias estaban lejos de ser favorables para sus proyectos profesionales de vida. Sin embargo, y a pesar de todo, ellas pudieron remontar esos inconvenientes para regresar a la actividad profesional que habían elegido y, en esa medida, sus vidas y trayectorias comparten el hecho de ser casos excepcionales y de éxito.

Por ello, de la lectura de este libro se obtienen algunas lecciones de vida importantes: para sobresalir en el mundo filosófico, el trabajo arduo y permanente es indispensable, así como gozar de autoconfianza y tenacidad al elegir metas y proyectos en los diferentes ámbitos de la carrera académica (la investigación, la docencia y los puestos de gestión académica). Y, por último, que como mujeres gozamos de mucha fortuna al podernos dedicar a una actividad tan apasionante como es la reflexión filosófica y conservar el empleo, los derechos y el reconocimiento a pesar de haber sido madres y dedicado periodos de tiempo a los cuidados familiares en un mundo en el que gozar de esos derechos, en el caso de las mujeres, es aún un privilegio.



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