Magallanes Pérez: Rosaura Martínez Ruiz, Eros. Más allá de la pulsión de muerte


Eros. Más allá de la pulsión de muerte es el libro más reciente de Rosaura Martínez Ruiz. Fue presentado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara por Judith Butler, María Antonia González y Fernanda Magallanes. Se trata de un análisis cabal y minucioso de conceptos metapsicológicos que muchos psicoanalistas han abandonado por su grado de dificultad. Esto ya en sí no es poca cosa, pero la genialidad de este libro reside en algo más. Este trabajo ata los cabos que han quedado deslazados de una teoría de la sujeción muy compleja para desarrollar entonces una teoría de la violencia y de la responsabilidad del sujeto como sujeto político sujetado al deseo. Es un trabajo que teje escritura, que arma ligadura en los conceptos que han aparecido dentro del psicoanálisis como escindidos de su implicación política, para presentar entonces una teoría sólida acerca de la violencia y la responsabilidad que tenemos ante ésta. Martínez Ruiz se encarga de hacer uso de los conceptos que a la mayoría desaniman y hunden en el pesimismo y la melancolía, tomándolos más bien como herramientas eróticas para la responsabilidad y la justicia social.

En su conferencia ante los Estados Generales del Psicoanálisis titulada Estados de ánimo del psicoanlálisis. Lo imposible más allá de la soberana crueldad, Jacques Derrida hizo un llamado a los psicoanalistas que no se han encargado del tema de la crueldad: hacer daño, dejarse hacer daño o hacerse daño por puro placer. Eros es una respuesta a la segunda parte del título, al más allá de la soberana crueldad. Leyendo a Freud, Martínez Ruiz propone que no hay más allá del principio del placer en la medida en que éste es soberano. El terreno del principio del placer que reina sobre nosotros será árido y uniforme mientras busque la descarga y sea una tendencia a la muerte. Se ofrece una lectura de cómo es que estamos inclinados hacia la muerte y se enfrenta esta realidad del sujeto para afirmar un argumento sólido de responsabilidad política.

La autora defiende una posición opuesta a la de las ontologías actuales que sostienen que un sujeto es capaz de realizar un cálculo ético y político que lo deslinde de los discursos de poder. Su sujeto no será el del logos ni el de la verdad, sino que con Freud, Derrida y Butler como base, tomará al sujeto como un espacio donde se juega la paradoja entre sujeción y agencia. Martínez Ruiz usa al sujeto del psicoanálisis y al sujeto de la deconstrucción para tejer su metapsicología y develar minuciosamente los mecanismos psíquicos de la insuperabilidad de la destrucción y del debate continuo entre la vida y la muerte.

Este libro nos confronta con un golpe duro que, como sujetos políticos, hemos de afrontar: somos excedidos por la muerte; ésta es soberana y nos limita. Martínez propone que, si bien el principio que empuja a la muerte (principio del placer) no puede superarse, podemos diseñar rodeos al placer que aplazan la muerte y producen fisuras en las barreras. Su postura no deja de resistir, de promover el activismo político, de dar importancia a denunciar la violencia y a tomar la palabra; sin embargo, añadirá que eso no es suficiente y propondrá que se puede hacer algo más con el humor, con la sublimación, con el duelo y con lo que en su arado conceptual llamará grietas eróticas. Estas grietas son los puntos de vulnerabilidad del principio del placer y habilitan la alteración y la alteridad. Son también las fisuras del soberano principio del placer y nos comprometen con una tarea de responsabilidad continua a pesar de que -y precisamente porque- la muerte nos excede.

Su sustento conceptual es, por un lado, un fino arado metapsicológico que aporta al psicoanálisis una lectura original y, por otro lado, un vigoroso trabajo filosófico. Como un trabajo original de aportación al psicoanálisis, Rosaura nos brinda un recuento denso y un tratamiento minucioso de conceptos en metapsicología psicoanalítica. Hace una lectura crítica de los conceptos más complejos de metapsicología en Freud, de sus escritos sociales y de uno de sus textos de arte problematizando lo que ofrecen para pensar la violencia y la responsabilidad. Este tratamiento es inédito en la historia del psicoanálisis en México.

Martínez Ruiz recorre la teoría freudiana de las neuronas fi y psi desde el inicio hasta el final, y explora también el concepto de Bahnung como facilitación y apertura de paso y de camino, al que la autora llamará después grietas eróticas. Habla entonces de los caminos en circuito a través de los cuales podemos demorar la muerte.

El libro presenta el aparato psíquico como un aparato de escritura que es afectado cualitativa y cuantitativamente. En el primer sentido, revisa los conceptos freudianos de juicio de existencia y juicio de atribución para explorar cómo el aparato psíquico es afectado con cualidades de color, sabor, tamaño, pero esto sólo una vez que aparece el juicio de atribución. Su clara elucidación de este concepto, que ha sido tratado por muchos como si estuviera fuera del campo analítico, precisamente abre grietas y vías para que podamos examinar, a partir de nuevas formas de pensar, cuestiones como el racismo, la desigualdad, el clasismo y todo aquello que aniquila la alteridad.

Por otro lado, el aparato psíquico, como aparato de escritura que es afectado cuantitativamente, se analiza también para pensar en ciertos grados de violencia que son insuperables y donde la resistencia se disloca en aniquilación o posibilidad de aniquilar. La tendencia a la muerte como una energía de desgaste y la vida como una economía de ese mal en el sentido de que lo que se puede lograr es retardar la muerte. Esta violencia, como la autora la explica, no es la de un sujeto individual y que sufre por causas internas. ¡Ése no es el campo freudiano en sus textos metapsicológicos! Se trata más bien de un sujeto como el efecto de una vuelta a sí mismo, como una vuelta reflexiva de sometimiento de la cultura que le da al sujeto una capacidad de agencia y que opera en el momento en que el sujeto deviene sujeto. El sujeto será tratado como una grieta de la escritura social y, en cuanto grieta, una agencia de cambio afectada por una estructura social, pero afectada también con la posibilidad para el cambio y el porvenir de ésta. Se trata del sujeto como un sujeto con límites permeables y que, por lo tanto, en términos ético-políticos, debe ser responsable por razones tanto altruistas como egoístas.

Otra aportación al psicoanálisis de Martínez Ruiz en su texto es que, si bien se ha trabajado arduamente el deseo incestuoso y parricida dentro de esta disciplina, ella arguye que el fundamento del grupo es un segundo momento después de matar al padre de la horda primordial y quedarse con las mujeres que ese hombre tenía. Este segundo momento es de complicidad entre hermanos y un tema que se trabaja continuamente en el libro. Así, la regulación de las leyes sociales no es para ella sólo resultado de una prohibición individual para salvaguardarse de los peligros de que el otro mate como el primitivo mataría al hombre de la horda primordial; es también un acuerdo de complicidad y, por lo tanto, de corresponsabilidad y de democratización del comercio sexual. Es porque el crimen se cometió en grupo que el grupo resiste, se protege y se inmortaliza. Esta interdicción y esa corresponsabilidad no son una ley que quedó instaurada o no para siempre y que hace que el sujeto actúe de una u otra forma, como se ha pensado en casi toda la historia del psicoanálisis. Más bien se trata de un sujeto cuyas interdicciones se necesitan reiterar compulsivamente en leyes, instituciones, el lenguaje y los dispositivos de autoridad. Es un sujeto que de alguna forma está siempre falto de ley pero dispuesto a construirla, y cuya responsabilidad es seguir construyendo ese orden simbólico de lo justo y no quedarse expuesto al poder aplastante de un dispositivo cuando éste lo hunde en la melancolía. Así, el texto es una aportación que se debe pensar también junto con aquellos interesados en el campo de lo simbólico como un área que hermana el parentesco en versiones horizontales de ligadura y no sólo que liga en relaciones verticales donde opera un discurso dominante.

Para Martínez Ruiz, el Yo es siempre un lugar de responsabilidad en la medida en que es el efecto de un sacrificio. No es el que se sacrifica, sino el que sacrifica y se hermana. Este sujeto, por lo tanto, no ha de sacrificarse, ha de luchar y resistir. Así, el sujeto civilizado es el que logra pasar del principio del placer al de realidad, y esto no implica una renuncia absoluta, pues la tendencia al placer estará siempre ahí; implica más bien una postergación de la descarga total. Las aportaciones de este libro merecen, en la esfera del psicoanálisis, colocarse en el mismo nivel de importancia que las aportaciones de Julia Kristeva y de Piera Aulagnier, pues nos permiten pensar en lazos de una hermandad que resiste, por lo que me parece fundamental que se lea.

Como un fino trabajo filosófico, sus conceptos permanecen en constante diálogo con Mecanismos psíquicos del poder y Vida precaria de Judith Butler, con la obra completa de Derrida, con Louis Althuser y con Eros y civilización de Herbert Marcuse. También pueden encontrarse rastros de John Austin, Félix Guattari, Martin Heidegger, Jean Hyppolite y Michel Foucault. Así mismo hace una crítica a la posición de resistencia del Bartleby de Herman Melville como una posición que no acaba de hacerse cargo de otros modos de hacerse responsable. La crítica no queda ahí, pues este libro ofrece una propuesta política sólida.

Martínez Ruiz teoriza en este libro acerca de la posibilidad del duelo. Si para Freud el duelo recae sobre la plasticidad de la libido, nuestra autora aboga por una comunidad de duelistas. Una comunidad que haga duelo de lo muerto o negado y, creando, logre reinvertir erótica y productivamente la libido. En contraste con el melancólico que da muerte a su yo y es un teatrero impudoroso de su dolor, este libro propone un circuito que no sea melancólico y que genere comunidad.

¿Habrá que rendirse una vez que Freud nos ha advertido que la pulsión tanática es insuperable? Martínez Ruiz contesta con un no rotundo; pero ése no no es un simple no, es un no problematizado. Su libro busca el fundamento teórico que sostenga la posibilidad de ir más allá de la pulsión de muerte para buscar otro tipo de armas y ponerlas a nuestro servicio, cuidando de la vida de los otros y de la propia. A la autora le interesa conquistar lo político no en el sentido de colonización, sino en el sentido de seducción. Que exista la pulsión de muerte no quiere decir que haya que aceptar la guerra o sucesos catastróficos de la vida política; más bien esto requiere una ética de vigilancia en la que la humanidad esté siempre atenta a denunciar cualquier política que incite a la violencia, a la discriminación o que sea un llamado al odio.

Para resistir la destrucción y la muerte nos queda EROS, no como una fuerza distinta a Tánatos, sino como una tendencia que se desplaza y posterga la pulsión de destrucción. Al mismo tiempo, esto no es una solución definitiva, sino un trabajo constante. Eros es un trabajo en marcha permanente, siempre desde la vulnerabilidad que hermana. Los medios para impulsarlo serán la producción artística y la investigación científica y cualquier espacio que provea objetos sustitutivos del placer, y esto incluye, por supuesto, al lenguaje, a tomar la palabra, pues entre más texto psíquico se escriba y más complejo sea, la muerte y la destrucción se dejarán para más tarde.

El deseo de destrucción no se apaga nunca y nuestro deseo de domesticarlo no debe bajar la guardia; así, la tarea de la cultura se muestra siempre como imposible y es por eso y para eso que hay que hacerla. Y es por eso y para eso que Eros. Más allá de la pulsión de muerte es un libro que hay que leer para salvaguardar nuestra actitud erótica hacia la vida y preservar la vida del otro, y para hacer comunidad en medio del caos que reina en el aparato político melancólico de un país que es una fosa común.



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